sábado, octubre 08, 2005

Uno viejito



Les dejo un cuento viejito. Aunque hoy al releerlo quisiera hacerle cambios, lo dejo tal como salió hace algunos años. La foto me la prestó Pablo, que para los pocos que no lo conozcan les digo que es un maravilloso fotógrafo y cuentacuentos. Gracias Pablo, es perfecta.


Garza Valdez


Nos empacaban en el tren en la estación de Monterrey. El recorrido era caluroso, lento y terroso, según decían los adultos para no ir. Nosotros no sentíamos el calor, ni nos molestaba el polvo mientras fuéramos todos juntos, y en el camino hubiera paletas heladas, sodas, obleas y glorias.
Las bancas del tren eran de madera, una enfrente de la otra, donde cabían dos personas adultas. Al principio del recorrido casi siempre había lugares vacíos, pero en algunas paradas subía tanta gente que se acomodaban hasta cinco o seis por asiento. En cada pueblo había golosinas nuevas que comprábamos desde la ventana.
Al llegar al lugar de nuestro destino teníamos las maletas listas en la puerta, la parada era una de las más cortas. En la estación -un cuartucho donde llegaba el correo y vivía el encargado en turno- nos esperaba Don Cruz, uno de los empleados de los abuelos que, con ese aire callado de la gente de rancho, la forma en que pestañeaba y fruncía la boca, nos daba a entender que se alegraba de vernos.
El pueblo estaba construido alrededor de las vías de ferrocarril; con sólo cruzarlas llegábamos a la casa en que pasaríamos nuestras vacaciones.
La abuela nos esperaba atrás del mostrador de la tienda y, sin moverse, nos daba su habitual bienvenida: un discurso sobre lo que debíamos y no debíamos hacer. El abuelo normalmente andaba en el rancho y lo veríamos hasta la hora de la cena.
Don Cruz nos ayudaba a cargar las maletas y a instalarnos en las habitaciones del fondo, las que habían sido de nuestros padres -o tíos, según el caso. En el camino cruzábamos la recámara de la abuela -la cual estaba al lado de la habitación del abuelo-, y una serie de cuartos más o menos vacíos que no se utilizaban. Las camas eran altas, de latón, y tenían una estructura para colgar los mosquiteros. En los burós había quinqués y abajo de la cama bacinicas que en las mañanas despedían un olor agrio.
El baño era de pozo y estaba en el traspatio. Procurábamos acordarnos de llevar el rollo de papel, pues de otra forma teníamos que usar los pedazos de periódico que estaban ensartados en un clavo en la pared de madera. Para llegar, se pasaba por la cocina, el corral de las gallinas, el traspatio –que dos veces por semana se convertía en cine-, el cuarto de la regadera y una cochera improvisada. Si era la hora en que se preparaba la comida, era mejor tomar el camino largo a través de la tienda para evitar ver cómo mataban o desplumaban al animal que luego veríamos en el plato.
La mayor parte de los días, los niños se iban al rancho con el abuelo, a las niñas sólo nos llevaban cuando marcaban el ganado nuevo. El resto del tiempo, nosotras jugábamos a ayudar a la abuela en la tienda, despachando cuartos de manteca, petróleo, azúcar y frijol, mientras nos comíamos todos los dulces y cacahuates posibles. En aquellos raros momentos en que la abuela dejaba su lugar en el mostrador, corríamos al fondo de la trastienda, vaciábamos el agua de las charolas de hielo para llenarlas de soda, seguras de que podríamos hacer una especie de nieve. Pero como el refrigerador era de gas, el proceso era muy lento y nuestra paciencia nunca fue suficiente.
Con la esperanza de que dejáramos el agua congelada en paz, la abuela nos mandaba a comprar yukis. Cada quien llevaba su vaso de plástico, y mientras raspaban el hielo, escogíamos de entre una docena de sabores el jarabe con el que cambiarían el color del granizo artificial.
El tren de pasajeros era el único que paraba en el pueblo en su camino entre Monterrey y la costa, siempre llevándose a más gente de la que traía. Los de carga, aunque pasaban en ocasiones hasta tres veces al día, nunca se detenían. Para nosotros era un evento el paso del tren, por lo que cada vez que se oía el silbido, dejábamos todo y corríamos a la ventana más cercana para contar el número de carros, incluyendo la máquina y el cabús amarillo.
Cuando las provisiones de dulces se veían notablemente reducidas, la abuela nos daba un peso a cada quien y, en compañía de una de las sirvientas, atravesábamos las vías del tren para comprar barro transformado en todas las miniaturas posibles: cazuelitas, platitos, tacitas, cucharitas, animalitos. Para mala suerte de la abuela pasábamos más tiempo en escogerlas que jugando con ellas, pues pronto nos encontraba de nuevo en la tienda.
Algunos días nos llevaban a bañarnos al río. Con el lonche en bolsas de papel y el traje de baño abajo de nuestra ropa, caminábamos hasta llegar a un lugar sombreado por árboles de mezquite. Todo el río era nuestro para nadar y flotar con la ayuda de llantas viejas, sólo salíamos del agua para comer.
Esas eran las únicas tardes en que evitábamos el baño. Todas las otras, poco antes de anochecer, encendían el bóiler y con el papalote de viento, la presión del agua era suficiente para un regaderazo en un cuarto grande, primero las niñas, luego los niños.
Los jueves y sábados, después de comer, llegaba el cácaro. Conectaba la planta de luz y, con la ayuda de un megáfono compartía la música de discos rayados con todo el pueblo. Entre canción y canción, anunciaba la función de la noche, películas viejas y malas, que de todas formas atraían a todo el pueblo y llenaban las bancas que colocaban en nuestro patio de juego transformado en terraza-cine. Nosotros nos conformábamos de la pérdida de nuestro espacio prendiendo todas las luces en la tienda y la trastienda -sólo esos días había luz eléctrica- mientras la abuela nos seguía apagándolas, para no desperdiciar el combustible.
Al final del verano, nuestros padres y tíos llegaban a visitar a los abuelos y a llevarnos de regreso a nuestras obligaciones. Nos parecía imposible concebirnos lejos de esta casa todo el año, pero nos acostumbramos a esperar, como los niños aguardan con certeza e impaciencia la Navidad.
Llegó un verano en que los preparativos para nuestro viaje se vieron interrumpidos. Nuestras preguntas de cuándo nos iríamos eran contestadas con evasivas. En las reuniones de los domingos, los niños nos dedicábamos a hacer planes, no podíamos concebir el verano sin tren y sin casa de los abuelos. Los adultos en cambio discutían todo el tiempo entre ellos, y nos prohibieron acercarnos a sus pláticas. Conforme pasaba el verano, desesperados por la falta de una fecha pudimos traspasar el cerco invisible sólo por unos minutos. Alcanzamos a oír unas cuantas palabras antes de ser descubiertos: que si la herencia, que era un abuso del tío Manuel, que si el abuelo debía poner orden, que si la abuela debía ser más equitativa.
No entendíamos qué tenía que ver una herencia con no ir al rancho, además nadie se había muerto y lo poco que sabíamos de esa palabra tenía que ver con muerte. Lo único concreto era la mención del tío Manuel, a quien empezamos a culpar de nuestra desfortuna, y como sus hijos lo tuvieron que defender la separación entre primos fue irremediable. Entonces los veranos se volvieron largos y calurosos.
Años más tarde regresamos al funeral del abuelo. El viaje lo hicimos en carros y Don Cruz no estuvo para recibirnos. Cada quien hizo su recorrido solitario por la casa con sus patios y traspatios. La tienda estaba poco surtida y la trastienda casi vacía, las bancas del cine las encontramos destrozadas, pues hacía años que ya no se usaban, cuando por fin se terminó la invasión de nuestra terraza, ya no estuvimos para jugar en ella. Los corrales ya no tenían aves. Afortunadamente el baño de pozo lo habían tapiado y en uno de los cuartos habían instalado un W.C., ya no habríamos necesitado bacinicas en las noches. Se decidió que la abuela no debía quedarse sola, a los pocos días salió del pueblo sólo con un baúl. Desde entonces la casa de nuestros veranos permanece abandonada. Dicen que el tren ya no para en Garza Valdez.

©2000

7 comentarios:

RAYDIGON dijo...

Que bonito cuento...

Feliz fin

cris dijo...

Precioso y tierno cuento.

Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...

A Tramontana

La añoranza viene moviendo todas las hojas más allá de la vista.
En la sonrisa se nos cuela una lágrima, que las nubes no tardaran de llevarse a otras comarcas.
Los azules seguirán siendo azules en algún recodo de nuestra memoria y la brisa...
Te acuerdas de la brisa...

Bella historia y, lamentablemente, muy real.

Pablo Perro dijo...

y que hermosa foto...

Mar dijo...

Me recuerda cuando iba a visitar a mis abuelos a su pueblo... y por cierto la foto es una auténtica pasada!!

Michelle On The Road dijo...

Uff, entre la gruesez de la anécdota y la plena conciencia de que forma parte de la realidad (aunque sea imaginada, esta historia sucedió, sólo digo que sale el sombrero:
Muy bueno.
Salud,
M

Manuel dijo...

Ni modo, la tragedia en los pueblos, para que emigremos a la ciudad...