sábado, febrero 25, 2006

Los deseos y Polaris

Salí de Madrid de noche, era de mañana y me estaba lavando la cara cuando el tren se detuvo. Según el itinerario faltaba media hora para llegar a Barcelona.
Me asomé por la ventanilla, estábamos a unos metros de una estación. Pasaron los minutos y seguíamos sin movernos. Me pareció rara una parada tan larga sin siquiera estar en la estación. Cuando salí a informarme el portero me explicó que había un problema y el tren se quedaría ahí por lo menos una hora más. Me sugirió tomara un autocar para llegar a la estación.
Estábamos en los suburbios de Barcelona. Me bajé y caminé entre piedras hasta la estación de Viladecans. Todos los teléfonos públicos tenían colas y alcancé a oír pedazos de conversaciones “no hay trenes”, “no hay forma de llegar a tiempo”, “la fila del autocar está larguísima”, “no ha pasado un autocar en media hora”. Estos trozos me adelantaron que el autocar no era una opción.
Pasaban de las 8:00, tenía que llegar a Ginebra esa tarde y el único tren salía de la estación de Sants las 9:00. Vicente me estaría esperando, tendríamos pocos días juntos para desperdiciar una noche.
Salí a la calle a buscar un taxi, no había uno solo disponible. Después de algunos minutos lentos me puse a pedir aventón. Nadie iba en la dirección que yo necesitaba.
Caminaba entre coches con mis maletas cargando viendo como se iban los minutos, cuando se paró un taxi en frente de mí. Incrédula le pregunté si estaba libre, y el taxista me respondió “suba, suba”.
El trayecto a Barcelona fue corto, llegué a la estación diez minutos antes de la salida. El tren estaba demorado, todo el sistema estaba detenido. Cerca de las 11:00 de la mañana salimos finalmente.
Disfruté el trayecto de Barcelona a Suiza, después de días viajando con una amiga el silencio me cayó bien. Me la pasé oyendo música, leyendo, viendo las casas en los diferentes pueblos e imaginando lo que se sentiría vivir ahí.

Llegué al Beau Rivage cuando Vicente salía. Pensó en caminar un rato mientras me esperaba. Pagó el taxi y entramos al hotel.
Subimos al cuarto me di un baño, me vestí para salir a cenar. Platique de mis días viajando, él de su viaje a Japón.
- Por cierto, ¿qué me trajiste?.
Sacó una caja larga negra de la bolsa de su saco
- Te lo pensaba dar en la cena, pero como preguntaste.
Siempre dijimos que no queríamos un anillo de compromiso, un collar de perlas lo sustituiría. Nos gustaba la idea del tiempo que se lleva el hacer una perla y yo insistí en que debían ser naturales.
Tomé la caja con desconfianza la abrí con manos torpes. Era mi collar de perlas.
A unas cuadras del hotel había un lugar de fondue. Cenamos uno de queso con una botella de vino francés, no quisimos correr el riesgo de uno suizo en ese momento de celebración.
Caminamos a la orilla del lago, la caminata pospuesta por Vicente en la tarde. Era finales de abril y el clima era frío pero no helado, el cielo estaba cubierto de estrellas. Vimos a Orion y luego buscamos a Polaris, mi favorita para pedir deseos. A esa latitud está en un ángulo 20 grados más alta que como acostumbramos verla en nuestra latitud tropical. Ese día no pedí ningún deseo.

Regresamos al hotel directo a la cama. Nos urgía hacer el amor.
Al terminar nuestros olores se habían mezclado como un perfume donde es difícil distinguir una esencia de otra. Seguíamos acurrucados cuando me dijo:
- Voy a volver con mi esposa.
Me pareció no haber oído las palabras correctas.
- ¿Quieres que sea tu esposa?, -pregunté jugando.
- Sí, claro que quiero, pero ahora tengo que volver con mi esposa –me dijo acercándome a él.
- Pensé que el divorcio estaba a punto de finalizarse. –le dije mientras me apoyaba en un codo separándome de su pecho.
- Estaba, ya lo detuvimos.
- No entiendo, -dije gritando, enojada por el uso del plural- me acabas de dar un collar de perlas que… -puso sus dedos sobre mis labios.
- Nos podemos seguir viendo, no vamos a terminar.
- Esto era temporal, un arreglo temporal –murmuré con lágrimas en los ojos.
- Ella me necesita, ¿no entiendes?
- Siempre dices que sólo a mi lado tienes paz.
- Es cierto, yo te necesito a ti, pero ella me necesita a mí. No puedes ser tan egoísta. Además están mis hijos. Estoy cansado, vamos a dormir, no tiene caso discutir.

Me senté en la cama abrazando mis rodillas con el collar de perlas aún puesto. Pensé que debí pedir un deseo a Polaris. Me quité el collar, lo dejé en la mesa de noche del lado de Vicente quien estaba profundamente dormido. Que bueno que no desempaqué, me puse los jeans con los que había viajado y salí del cuarto.

miércoles, febrero 15, 2006

Luna de invierno

She borrows light
That, through the night,
Mankind may all acclaim her!
And, truth to tell,
She lights up well,
So I, for one, don't blame her!
Ah, pray make no mistake,
We are not shy,
We're very wide awake,
The moon and I!
- Topsy Turvy, Gilbert & Sullivan


Hoy me levanté temprano, a pesar de que no dormí bien. Quise llegar al lago antes de que amaneciera. La luna estaba esperándome. En la noche de luna llena mucha gente le platica y no atiende a todos. Yo prefiero las madrugadas. La luna se calla cuando empieza a amanecer, y ayer llegué cuando el sol comenzaba a salir.

Hoy aunque ya no era llena, me acompañó mientras corrí y platicamos. Alcanzó a contestar mis preguntas, aunque con algunas palabras entrecortadas. Asi le sucede cuando ya no está llena.

¿Qué me dijo? Eso queda entre la luna y yo.

Four (pero no Seasons)

Toño me infectó, y como no dejó instrucciones copio hasta el título.

4 trabajos que he tenido
• Consultoría
• Textiles artesanales
• Finanzas
• Financiamientos

4 películas que puedo ver una y otra vez
• Love Actually
• Wings of Desire
• Charriots of Fire
• Closer

4 lugares donde he vivido
• Monterrey
• Condesa (D.F.)
• Villa de Santiago
• Un barco llamado Matilda

4 programas de TV que veo
• Desperate Housewives
• Friends
• Northern Exposure

4 lugares adonde he ido a vacacionar
• Oaxaca.
• San Cristóbal de las Casas
• Paris
• Nueva York

4 de mis platillos favoritos
• Chiles en nogada
• Risotto porcini
• Pasta de cualquier forma
• Todos los quesos

4 sitios que visito
www.imdb.com
www.rae.es
www.proverbia.net
www.snopes.com

4 lugares donde preferiría estar ahora
• Un barco en el Mar de Cortez
• Francia
• Nueva York
• San Cristóbal de las Casas

4 bloggers a los que infecto con este meme
Dharma
Noemi
Pablo
Claudia

domingo, febrero 12, 2006

Diálogo

Un pequeño ejercicio. Se acepta todo tipo de críticas, como siempre. Me gustaría saber si se siente alguna diferencia de edades entre las dos mujeres.


Teresa: Alguna vez yo también creí que uno podía ser mejor al lado de alguien.
Laura: Yo estoy segura que soy mejor al lado de Oscar.
Teresa: Cuando vi la película “Accidental Tourist”, me parecía que habían captado exactamente lo que yo pensaba en ese sentido con una escena hacia el final.
Laura: No la recuerdo.
Teresa: ¿La película o la escena?
Laura: La película sí, creo. Es una con la de la voz ronca… Turner que se separa de su marido que es William Hurt porque conoce a la que ahora sale de presidenta.
Teresa: Geena Davis. Pero se separan porque se muere un hijo de ellos y los dos se culpan a sí mismos y al otro también.
Laura: Ya recuerdo, luego es que él conoce a esta chava que entrenaba perros o algo así.
Teresa: Exacto. Y hacia el final Turner regresa con él y parece que todo va bien hasta que una mañana él le dice que se tiene que ir a pesar de que la quiere mucho. Le explica que no es suficiente amar a alguien, que es más importante quién eres cuando estás con una persona.
Laura: ¿Ves? Es lo que yo digo.
Teresa: Y también lo que yo pensaba. Creo que es una justificación.
Laura: Uno elige estar con alguien y elige dar lo mejor cuando se está con esa persona. ¿Por qué lo ves como justificación?
Teresa: También implica que sola no eres todo lo que puedes ser.
Laura: No necesariamente, sólo que eliges.
Teresa: Es lo que quieres creer, creo que se le llama dependencia aunque yo también lo llamé amor.


miércoles, febrero 01, 2006

El voto inútil

En cinco meses serán las elecciones para presidente de México. No hay un solo candidato que me parezca reconfortante y no puedo dejar de preguntarme qué hicimos mal.

Hace seis años tuvimos las primeras elecciones presidenciales en que no ganó el partido que había estado en el poder por tres cuartos de siglo. Y me parece absurdo que si hubo un cambio de partido y una aparente apertura a la democracia, ahora las opciones sean tan patéticas.

A cualquiera que le pregunto por quién piensa votar me contesta, junto con el nombre del candidato: por el “menos peor”. Hasta ahora nadie me ha contestado convencido de la elección en sí misma.

El domingo en una comida, comenté que yo preferiría votar por alguien que no sea ninguno de los tres que encabezan las opciones, ya que esos tres me parecen detestables. Todos me dijeron que había que hacer un voto útil. Claro que quienes hablan de voto útil lo dicen porque quieren que se respalde al candidato que ellos consideran menos malo.

Entonces pregunté como se puede votar por un candidato que no defiende los derechos de las mujeres a lo que me respondieron que era más importante la situación económica del país.

No entiendo cómo se atreven a llamarle útil a un voto en que se tiene que elegir una cosa u otra.

domingo, enero 29, 2006

Te lo dije

- Te dije que no tenía sentido, que no se lograría nada.
Trato de abrazarla y se aleja de mí, con las manos cubre su cara. Sé que tiene razón y quiero creer que no  la tiene. Durante este proceso me he preguntado en más de una ocasión si es mi pleito o es el suyo. Me he preguntado si hay que defender los principios o a las personas.
- Todavía no sabemos.
- Yo sí lo sé. Ahora soy una puta.
- No digas eso hija, – y añado casi gritando, – ¡nadie puede pensar eso!
- Si vieras como me ven en la prepa, como oigo que murmuran cuando paso, -las lágrimas se juntan en la barbilla donde las quita con la mano, pues no toma el kleenex que le ofrezco.
Nuevamente trato de abrazarla, esta vez se levanta y camina hacia la banca de junto. Durante el proceso se cuestionó su forma de vestir, el que había salido con el muchacho, el que se había dejado fajar varias veces y hasta se cuestionó su virginidad. Como si ser virgen o no serlo le diera una cualidad moral diferente.  
Hoy por la mañana no sabía qué ponerse, sus pantalones los sentía muy entallados, sus blusas muy escotadas. Llegó a preguntarme si le podía prestar algo de mi ropa.
Empiezo a creer que el proceso la ha hecho cuestionarse a sí misma en lugar de sentirse segura. Tal vez no pensé cuando le dije que tenía que denunciarlo, pero me pareció lo normal, lo necesario. Y hoy que he vivido los cuestionamientos nada parece tan claro. Todos dudan de su palabra. Hasta ella misma empieza a dudar si ella provocó la violación.
¿Cómo se le da certeza a las mujeres si no es sabiendo que tienen derechos? Y si en el momento el hombre puede imponerse por su fortaleza física, que eso tiene un costo, una pena.
Debí escuchar a mi hermano Vicente:
- Una buena madriza eso es lo que necesita ese cabrón. Yo se la doy con mucho gusto, o te consigo a alguien que lo haga.
- No, como se te ocurre, para eso son las leyes.
- Sigue creyendo, Aurora, sigue creyendo. Unas buenas patadas en las costillas, o mandarlo violar, no fallan. Eso es más efectivo que cualquier ley.
Pienso que es una suerte que la juez es una mujer, que debe haber algún tipo de empatía, que no puede pensar que la forma de vestir le da derechos a los hombres.
Me acerco a la banca donde está sentada mi hija.
- Es hora, -le digo.
La que me voltea a ver no es mi niña, es una mujer que ha perdido su ingenuidad. Se levanta con una actitud desafiante que enmascarará de hoy en adelante sus lágrimas y su vulnerabilidad.

Al oír la sentencia lo único que puedo pensar es que todos tendrán razón de decirme “te lo dije”.

viernes, enero 27, 2006

Agua de vida

Me sirvo un marc, y el olor del eau de vie me trae de golpe el recuerdo de la tarde en que lo tomé por primera vez.

Cuando regresé del viaje del que traje la botella, esperaba los raros momentos de soledad para tomar este licor. Se convirtió en un ritual, servirlo y sentarme a revivir aquella tarde.

Estoy en la comida de clausura de la conferencia anual de horticultura. Las personas sentadas a cada uno de mis lados discuten asuntos técnicos encima de mí. Yo estoy en medio de los dos fastidiada de que sigan luciéndose, compitiendo a ver quién sabe más.

Cuando llega él a sentarse en la mesa lo volteo a ver y le hago una mueca de fastidio, a la cual él contesta con un gesto divertido. Nos habíamos visto varias veces en la semana sin cruzar palabra. No hay mucha posibilidad de platicar pues se sienta del otro lado de una mesa larga.

Al dar el primer bocado de un paté que parece han dejado descubierto tres días con en pan reseco, decido irme. Ya no estoy dispuesta a seguir escuchando los mismos temas de cada desayuno-comida-cena de la última semana. Lo veo a los ojos, me levanto y me dirijo a la puerta. Sé que vendrá tras de mí, y si no lo hace no importa, ya ha sido demasiada conferencia y mala comida.

En la puerta del hotel nos encontramos, tomamos un taxi y nos vamos a un restaurante del puerto. Nos reímos de los intelectuales que siempre quieren sobresalir, de los ponentes que nos quisieron aleccionar como si fueran portadores de la verdad absoluta, de los que hablan de los vinos como si estuviera en juego una mención honorífica. También nos reímos de nosotros, de nuestra escapada y nuestra intolerancia con toda esta gente. Nos reímos como se ríen viejos amigos o nuevos amantes.

Comemos sin prisa, comenzando por un paté fresco con un baguette del día. Nos detenemos en cada bocado para evitar que termine la comida. No sabemos qué vendrá después, o tal vez no estamos listos para el después.

- Pidamos un marc, -me dice- es una eau de vie de la región.
- No lo conozco, prefiero un cognac.
- No, -insiste- tienes que probarlo.

Traen una botella de cuello largo a la mesa para servirlo. Tomo la copa entre las manos y lo huelo. El olor me penetra lentamente por todo el cuerpo. Le doy un sorbo y siento que se escurre lentamente por la garganta y de ahi se resbala a mis brazos, vientre y piernas. En ese momento siento una urgencia de que él me penetre tan lentamente como el licor. Toco su brazo con las yemas de los dedos y le digo que pidamos la cuenta.

Salimos del restaurante, estamos por tomar un taxi cuando vemos el letrero de un hotel a dos puertas. Nos tomamos de la mano y caminamos hacia él sin necesidad de palabras. Nuestro hotel seguramente sigue repleto de pláticas técnicas que queremos evitar tanto como los ojos de los que insisten en esos temas.

Pasamos el resto de la tarde y toda la noche platicando y haciendo el amor. Platicamos con la intimidad que se crea, a veces, con un desconocido que no volveremos a ver

A la mañana siguiente volamos de regreso a nuestras casas. La de él estaba a unas cuantas horas, la mía, al otro lado del Atlántico. Como despedida me regaló una botella de marc.

De otras historias hablé con mi marido. No sé si fue este silencio el que nos distanció, o si guardé silencio por la distancia que ya había.

La botella me la tomé poco a poco, sólo en aquellos momentos en que estaba sola y podía llorar. No lloraba por querer extender lo que solo podía durar ese instante. Lloraba por sensaciones pasadas y las risa de complicidad que ya no tenía. Cuando en la botella sólo quedó un último trago dejé de llorar, o eso pensé.

Hoy al tomarme el último marc y me doy cuenta que nunca dejé de llorar.

martes, enero 24, 2006

Cinco extraños hábitos o hábitos extraños

No debe ser lo mismo extraños hábitos que hábitos extraños, y los míos son más bien del segundo tipo. No creo tener hábitos demasiado extraños, o en todo caso, como son míos me parecen bastante normales.

Como tengo tanto de no poner un post, y primero me invitó Noemí y ahora me invitó Dharmita, pensé que era un buen pretexto para escribir aunque sea algunos hábitos no tan extraños.

Instrucciones:
El primer jugador de este juego inicia su mensaje con el título "5 extraños hábitos tuyos". Las personas que son invitadas a escribir un mensaje en su respectivo blog a propósito, de sus extraños hábitos, deben también indicar claramente este reglamento. Al final, debéis escoger 5 nuevas personas a indicar y añadir el link de su blog o diario web. No olvidéis dejar un comentario en su blog o diario web diciendo "Has sido elegido" y dices que lean el vuestro.

Hábitos:

  1. Me gusta correr mientras amanece. Empezar cuando todavía está oscuro y que amanezca mientras corro. Si hace frío mejor.

  2. El café debe estar muy caliente, y la cerveza muy fría. Los sabores de los líquidos cambian radicalmente con la temperatura.

  3. Cierro los ojos al tomar agua, o al comer algo que me gusta mucho. Siento que así me entran más los sabores. Y sí, el agua también tiene sabor aunque su definición diga que no lo tiene.

  4. Cuando estoy muy cansada mentalmente o antes de resolver algo necesito jugar algún juego. Me gustan especialmente los de palabras o los rompecabezas, pero hasta el busca minas tuvo su momento.

  5. Las sábanas y la almohada deben estar frescas, aunque haga frío. En la noche cuando despierto siempre volteo la almohada al lado más fresco. Las almohadas y edredones de pluma son mis favoritos porque no conservan el calor.

Y aunque parece que soy del tipo de seguir instrucciones, ahora voy a ignorar la última parte de las instrucciones y no voy a escoger a 5 nuevas personas, lo dejo a los que tengan ganas de hacerlo. Si lo hacen, avisen.

jueves, enero 05, 2006

Ninguno de los dos (version 2)

(Nota: Para los que ya leyeron el post de ayer... pues ni modo, es repetido pero editado. Para los que no, mejor lean esta versión. O si andan muy literarios lean las dos y me dicen cuál prefieren. )


No quiero acabar de despertar, siento tu cuerpo tibio al lado del mío y sé que se esfumará la rudimentaria intimidad que construimos al hacer el amor anoche. Nuestra cercanía se deshace fácilmente con cualquier movimiento o gesto, con una sílaba pronunciada a destiempo.

Al principio la intimidad se reforzó con cada palabra y cada silencio por igual. Hasta los desacuerdos fabricaron nudos que nos ataron invisiblemente.

Tu respiración a mi lado por la noche, tu mirada por encima de los lentes de lectura al llevarte un té, tu forma de acomodar el sartén para que quede justo en medio de la llama de la estufa, tu necesidad de besos y abrazos por la mañana, el olor a leña que tiene tu ropa como si dentro de ti hay un tronco que se quema y ahúma todo.

Cada gesto fue trenzando hilos delgados que se entrelazaron para hacerlos irrompibles. Nos confirmamos la indestructibilidad del vínculo, no sólo con palabras, también en la cama. Me tomaste con una certeza que perforó la piel y se infiltró por la sangre: se creó una realidad incuestionable.

No supe en qué momento dejaste de verme, tus ojos se quedaron fijos en la lectura, si acaso murmuraste un "gracias", una palabra innecesaria entre nosotros. O tal vez fui yo la que dejé de llevar el té porque ya no necesité descubrirme con tus ojos.

Un día que regresaste del trabajo tarde o yo temprano, la forma de hacer el amor cambió. Dijimos que estábamos cansados, que es la mejor forma de no explicar nada. Nos sentamos a ver la tele con las manos enlazadas.

Buscamos regresar al pasado en lugar de crear nuevas cercanías. Hoy creo que la historia nos hizo permanecer más allá de los tiempos razonables. Debimos ser capaces de irnos, sin pleitos, sin reproches, dando las gracias por lo que fue, aceptando que el pasado no se puede revivir. En cambio, nos empeñamos en buscar las razones, en culpar el uno al otro, y en tratar de cambiarnos.

Los hilos se fueron rasgando uno a uno, dejando terminaciones nerviosas expuestas. Un día dejaste de acompañarme en la cocina, ya no pusiste el sartén en su lugar, y en tu ausencia yo sentí que me machuqué un dedo en la puerta.

Otro día no busqué tus labios antes de levantarme de la cama, y probablemente sentiste una languidez como si te comenzara a dar gripa.

Algunas noches buscamos recuperar las sensaciones irrecuperables, pero los reproches me cubrieron el cuerpo y no me dejaron sentir tus manos, y la indiferencia hizo que mi saliva te supiera amarga. Nada nos preparó para descubrir que nuestros cuerpos ya no reaccionan igual a las caricias.

Ninguno de los dos quiere pronunciar las palabras o simplemente tomar sus cosas e irse. Hacer el amor anoche fue otra forma de resistencia. En el momento que me mueva o pronuncies una palabra comprobaremos que todas nuestras terminaciones nerviosas están sensibles y que la frustración ha empezado a convertirse en violencia pasiva.

La relación la fabricamos los dos, por eso ni tu ni yo nos atrevemos a terminarla.

miércoles, enero 04, 2006

Ninguno de los dos

No quiero acabar de despertar, siento tu cuerpo tibio al lado del mío y sé que si despierto se esfumará la rudimentaria intimidad que construimos al hacer el amor anoche. La cercanía se deshace fácilmente con cualquier movimiento o gesto, con una sílaba que se pronuncie a destiempo.

Al principio la intimidad se reforzaba con cada palabra y cada silencio por igual. Hasta lo que nos separaba fabricaba nudos que nos iban atando invisiblemente, formando un cuerpo palpable.

Tu respiración a mi lado por la noche, tu mirada por encima de los lentes de lectura cuando te llevaba un té, tu forma de acomodar el sartén para que quedara justo en medio de la llama de la estufa, tu necesidad de besos y abrazos por la mañana, el olor a leña que tiene tu ropa como si dentro de ti estuviera el tronco que se quema y ahúma todo.

Cada gesto se repetía confirmando tu presencia diaria, trenzando hilos delgados que se entrelazaban para hacerlos irrompibles. No nos cansábamos de repetirnos la indestructibilidad del vínculo, no sólo con palabras, también en la cama, me urgías con tus caricias a saberlo, me tomabas con una certeza que perforaba la piel y se infiltraba por la sangre, creando una realidad incuestionable.

No supe en qué momento dejaste de verme cuando te llevaba el té. Tus ojos seguían en tu lectura, si acaso murmurabas un "gracias", una palabra innecesaria porque antes se leía en tus ojos. O tal vez fui yo la que dejé de llevar el té porque ya no necesitaba que tus ojos me descubrieran.

Un día que regresaste del trabajo tarde o yo temprano, la forma de hacer el amor cambió. Decíamos que estábamos cansados, que es la mejor forma de no explicar nada. Luego dejamos de hacer el amor, nos sentábamos a ver la tele con las manos enlazadas, algunos días parecía que un hilo las sostenía juntas. Quisimos pensar que el cansancio se pasaría y volveríamos a sentir como antes.

Buscamos regresar al pasado, queríamos recrear lo que sentimos en lugar de inventar cercanías nuevas, seguros de que lo que hubo se podía repetir. Hoy creo que la historia nos ha hecho permanecer más allá de los tiempos razonables, sin querer aceptar que la relación se acabó. Debimos ser capaces de irnos, sin pleitos, sin reproches, dando las gracias por lo que fue, aceptando que no podremos revivir lo que hubo. Nos empeñamos en buscar las razones, en culparnos, y en tratar de cambiar al otro.

Hay tantos porqués sin contestación que debíamos aprender a aceptarlos: por qué te enamoras de alguien, por qué comienzas a odiar a quien amaste, por qué no puedes amar a quien te ama. Como si de veras hubiera razones para amar. Y si no las hay, cómo las podría haber para desamar. A veces se habla de desilusiones, infidelidades, engaños, todos son explicaciones racionales de lo que no se puede razonar.

Los hilos se fueron rasgando uno a uno, dejando terminaciones nerviosas expuestas. Un día dejaste de acompañarme mientras cocinaba, ya no ponías el sartén en su lugar, la cocción llevaba más tiempo, y tu ausencia hacía que se rompiera un hilo, yo sentía que me había machucado un dedo en la puerta.

Otro día no busqué tus labios antes de levantarme de la cama, y probablemente sentiste como otro hilo se rompía y te producía una languidez en el cuerpo como si te comenzara a dar gripa.

Algunas noches nos buscábamos queriendo recuperar las sensaciones irrecuperables, pero los reproches me cubrían el cuerpo y no me dejaban sentir tus manos, y la indiferencia hacia que mi saliva te supiera amarga. Nada nos preparó para descubrir que nuestros cuerpos ya no reaccionaban igual a las caricias.

Ninguno de los dos quiere pronunciar las palabras o simplemente tomar sus cosas e irse. Hacer el amor anoche fue otra forma de resistencia. En el momento que me mueva o pronuncies una palabra comprobaremos que todas nuestras terminaciones nerviosas están sensibles y la frustración ha empezado a convertirse en violencia pasiva, que es la más destructiva.

La relación la fabricamos los dos, por eso ni tu ni yo nos atrevemos a terminarla.

domingo, enero 01, 2006

Recuento

Muchos empiezan el año haciéndose promesas, que si las dietas, el ejercicio, lo de siempre. Supongo que un inicio de año es un buen pretexto para hacerlo.

Yo alguna vez lo he hecho. Este año pienso que no tiene mucho sentido, que el cambio de un año a otro es una convención, claro que se ha infiltrado en nosotros y parece requerir especial atención.

Este inicio de año me hace pensar en el recién terminado. El 2005 fue un buen año para mí, no me quejo. Desde hace varios días hago un recuento mental de lo que fue el año.

Empecé a ver la salida de una depresión demasiado obscura en la primavera, una tarde de abril fue el inicio de mi recuperación. Hubo alguien que me hizo ver, sin palabras, lo absurdo de mi tristeza. Estaba comiendo con él, en frente del parque de Polanco, contándole del final de mi relación de 17 años con el que pensé sería mi compañero para el resto de la vida. Recuerdo que vi hacia el parque y sentí que el pasado se acomodaba de una forma diferente. Tal vez porque su mirada se enlazó con la mía, y me dejó ver la historia que le contaba con sus ojos, o tal vez lo que necesitaba era compartir con él un pescado con papás cocinado al estilo portugués para dejarme reír de nuevo. La recuperación no se dio en un instante, sé que venía sucediendo desde antes, desde que traté de deshacerme de la tristeza o que me permití ese encuentro, pero recuerdo la sensación de ese instante. Sentí como la luz se acomodaba para iluminar los objetos de una forma diferente y los podía ver con una nueva nitidez.

Fue él también quien me permitió regresar a la escritura. Había dejado de escribir y pocos días después de esa comida, él me cuestionó mi trabajo, creía que no era algo satisfactorio para mí, y es cierto. Mi trabajo siempre ha sido una forma de obtener ingresos y me divierte pero no me deja satisfecha. Necesitaba algo más, y comencé a escribir de nuevo. Al principio sólo para mí, luego encontré los blogs.

Fue Pablo quien me introdujo a los blogs a través del suyo: Zonaentremareas. Después de leerlo y pasear por otros, acabé haciendo el mío. He disfrutado mucho de este espacio. Cuando escribía sólo para mí nunca terminaba nada y tampoco me esforzaba por buscar claridad en lo que escribía. Además, saber que uno de mis escritos hace sentir algo a alguien, me incita a seguir escribiendo.

Poco antes de que empezara el invierno las palabras sencillas de un poeta me permitieron entender que no hay que buscar las mismas sensaciones del pasado, hay muchas nuevas que se pueden disfrutar.

El 2005 empezó sin prometer mucho, no tenía ninguna expectativa, tal vez por eso me parece que fue un buen año.

sábado, diciembre 31, 2005

Navidad en Monterrey

Tengo 25 años viviendo fuera de Monterrey, y en este tiempo, con excepción de un año, siempre he regresado para Navidad. Mis hermanos tampoco viven ahí, por lo que diciembre se ha convertido en el mes de reunión familiar.

Estos encuentros no son como en las películas, el vernos no hace todo mágicamente maravilloso y perfecto. Año tras año en los días cercanos a Navidad siempre hay un pleito. Yo creo que tiene mucho que ver, con que cada quien tiene distintos intereses, gustos y necesidades; y al vernos, nadie quiere ceder: las prioridades personales son las únicas importantes. También tiene que ver con las fechas, algo tiene diciembre que hace que todo se vea más gris, tal vez es por el solsticio de invierno.

El caso es que siempre alguien se molesta o enoja o se siente o enloquece definitivamente. Claro está que estos altercados tampoco funcionan como en las películas, donde se origina un entendimiento inmediato y absoluto que acaba creando una cercanía especial que nunca más se verá afectada. Como funciona, en el mejor de los casos, es que los involucrados se desenojan, pero quien sabe si se guarde algún resentimiento que surgirá algún año venidero.

El año pasado fue especialmente tenso, o por lo menos así lo sentí yo, no sé si porque estaba deprimida o porque todos estaban especialmente susceptibles. Así es que este año, lo primero que me dijo mi hermano al verme fue: "¿cómo hacemos para que este Navidad no haya un drama?" A lo que mi sobrino opino: "¿Cómo? ¡Perderíamos las tradiciones familiares!"

El caso es que pasaron los días sin mayores contratiempos, sólo las quejas a las espaldas de los involucrados. Como mi hermano y mi hermana no se llevan entre sí, a mí me toca escuchar el mayor número de quejas. En esta ocasión no me importó mucho, hice lo que se debe hacer en estos casos: no tomarlos en serio.

Llegó el último día que todos pasaríamos juntos, que coincidió con el cumpleaños de mi mamá y mi hermana (sí, otro hecho que acaba de complicar las cosas) y a pesar de que la elección de restaurante no le gustó a mi hermano y que también le disgustó la hora de la comida, no fue suficiente para alterar el equlibrio, que sin ser armónico resultaba bastante aceptable.

En la noche, mis sobrinos estaban a punto de irse, cuando hubo un conato de drama. No pasó a mayores, o como dice mi hermano “no se escaló al siguiente nivel”. ¿Será que podremos empezar nuevas tradiciones?

lunes, diciembre 19, 2005

Cambio de track

Nada me preparó para el final. Ni sus palabras ni sus acciones. Aunque debería decir mi interpretación de éstas en el momento.

Las lecturas que hacemos son incorrectas, las palabras las oímos con un acento diferente, las actitudes las explicamos según lo que queremos creer. Hoy cuando veo en retrospectiva pienso que lo más triste no es lo que él me escondía, sino lo que yo me ocultaba a mí misma.

¿Qué hay en nuestra genética o constitución, o en nuestras mentes que nos hace engañarnos tan fácilmente? ¿Por qué podemos ver lo que no es o no ver lo que es?

Y cuando terminó la relación, lo primero que me dije fue: “nunca más”. Oía a Rinaldi y confirmaba que nunca me volvería a enamorar:

Si yo tuviera el corazón,
el corazón que di.
Si yo pudiera como ayer
querer sin presentir.
Es posible que a tus ojos que me gritan su cariño
los cerrara con mis besos.

Ya no tenía corazón para entregarle a nadie, y eso me daba tranquilidad. La tranquilidad de no tener que volver a amar, la convicción de que no me volverían a engañar: ya no me lo permitiría.

Pero empecé a ver diferente lo que era y lo que no era, y finalmente acepté que yo ya no estaba bien en la relación. Los momentos maravillosos del pasado son tan reales como que el que ya no estábamos funcionando. Fue difícil aceptar que el "para siempre" no existía.

Dejé de cantar tangos, los cambié por algo más real:

And so it is
Just like you said it would be
Life goes easy on me
Most of the time
...
I can't take my mind off you
I can't take my mind...
My mind...my mind...
'Til I find somebody else

domingo, diciembre 11, 2005

Libre a Toluca

No era la primera vez que veía esa mirada. Salimos del café juntos, pero en lo que esperaba a que le trajeran el coche comencé a caminar, casi a correr. No estaba convencida de querer huir, tampoco lo estaba de poder quedarme. Como era domingo, no había tráfico y me alcanzó muy rápido. Yo seguí caminando.

Me gustaba mucho este chavo. Era excepcionalmente guapo y normalmente muy atento, pero demasiado celoso. Ya en otra ocasión me había cuestionado “¿quién es ese al que saludas de beso?” “te detuviste demasiado en el abrazo que le diste a tu amigo”. La última vez me dio una cachetada, y me dejó algunas marcas de estrujones en los brazos. Por eso hoy, al ver de nuevo esa mirada quise huír.

Estacionó el coche en una callecita por la que yo iba caminando. Tal como lo esperaba, comenzó a insultarme y a cuestionarme. Me arrancó el celular de mi mano, y luego me ordenó que me subiera al coche. Estaba a punto de cargarme o arrastrme al coche, cuando se abrió la puerta justo al lado de donde estábamos parados. Salió una señora con un perro blanco pequeño.

El se fue inmediatamente al coche y la señora se me quedó viendo. Me dijo en una voz muy baja “¿estás bien?”, yo fingí no oírla, me dio mucha pena y seguí caminando.

Al llegar a la esquina la calle topaba. Esperé a que él diera la vuelta para irme en sentido contrario. No tardó en echarse en reversa y volver a seguirme. Por qué no fui capaz de decirle a la señora “no estoy bien, necesito ayuda”. ¿Por qué me hago la valiente?

Quería recuperar el celular, sobretodo porque no sabía como irme a mi casa desde ahí. Acababa de marcarle a mi hermana, por eso aún lo tenía en la mano cuando se bajó del coche y me lo quitó. Sabía que había ido al cine, pero cuando mucho en una media hora, la localizaría.

Se volvió a bajar del coche, pero esta vez empezó a llorar. Me pidió perdón, me dijo que nunca más volvería a tener este tipo de reacciones. Me dijo que entendía que estuviera asustada, pero que todo lo que hacía era porque me amaba. Nadie nunca me lo había dicho. Lo abracé y acabé subiéndome al coche nuevamente. Lo sentí tan débil, tan frágil. Además me amaba.

Después de abrazarnos y contentarnos me empezó a besar y dijo que me llevaría a casa. En el camino me empezó a acariciar las piernas, a subir un poco la falda. Yo no me sentía con ganas de ese tipo de caricias después de lo que había pasado. Empezamos a forcejear. Se dio vuelta en U y tomó hacia la carretera libre a Toluca. Se estacionó en el acotamiento me forzó a chuparlo, me arrancó los calzones y se metió en mí. A penas terminó me volvió a insultar y me obligó a bajarme del coche.

Ahora camino de regreso hacia la ciudad y quisiera que hubiera alguien más que me preguntara si estoy bien, para poder contestar lo que debí decirle a la señora del perro: “no, no estoy bien.”

Recordando

El recuerdo más fuerte de mi abuela materna es el de sus desayunos de avena. Murió cuando yo tenía 8 años, por lo que recuerdo pocas cosas de ella: su pelo largo y canoso que siempre llevaba recogido excepto después del baño, el día que me hizo tomar leche sola y como nos cuidaba a mis hermanos y a mí cuando nos enfermábamos.

No puedo comer un plato de avena sin pensar en ella, su serenidad al cuidarnos: tomándonos la temperatura, acercando una cubeta si teníamos que vomitar, cambiando las sábanas si las habíamos mojado por el sudor de la fiebre.

Aunque siempre la recuerdo como flexible y nada autoritaria, un día que me quedé a dormir en su casa me obligó a tomar leche sola. Desde que tengo memoria, nunca me gustó el sabor de la leche sola, puedo comer cualquier víscera o insectos (menos cucarachas), y todos los lácteos, incluida la nata, pero no puedo dar un solo trago de leche. Hasta su olor me desagrada.

Hoy desayuné un plato de avena a su modo: acompañada de una tortilla de harina con mantequilla. La receta exige que la tortilla se ponga a dorar en el comal y se unte la mantequilla todavía en el fuego, para que se derrita bien. Es un maravilloso contraste entre lo dulce de la avena con lo salado de la tortilla. Con cada bocado me vino la imagen de ella sentada en una mecedora en el patio de su casa con el pelo suelto recién lavado que dejaba secar al aire todas las tardes y su sencillo olor a jabón.

jueves, diciembre 08, 2005

Y si llegas

a mi vida y yo no estoy, toca quedito a lo mejor me animo a salir. Los sonidos tenues, como las palabras suaves, siempre son más incitantes. O tal vez tengas que aguardar a mi regreso, si eso quieres.

Yo he estado aquí, creyendo que mi estancia es transitoria, que el tiempo me forzaría a salir, pero el tiempo nunca arregla nada. Hay días que quiero escapar, no sé a dónde ni para qué. Escapar es igual que quedarme: siempre estoy conmigo.

Hay días que el viento intenta llevarme y me resisto. Digo que no tengo tiempo, que tengo que resolver asuntos importantes. Me crea incertidumbre el moverme: qué tal que no resulta, qué tal que nada es cierto. Aquí me voy fabricando una rutina, en la que a veces me siento aprisionada y otras me siento redimida. Conozco los caminos: la mayoría los cruzo diario, otros los descifro, aunque algunos con dificultad. Igual, todos me son familiares, coherentes, algunos indispensables. A veces la certeza puede crear libertad.

La verdad es que me da miedo tanto irme como quedarme. Tal vez esté cuando llegues, si no respondo toca un poco más fuerte. Si insistes trataré de salir a encontrarte.

jueves, diciembre 01, 2005

Tarde de lluvia

Eran las seis de la tarde cuando salimos del café. Había comenzado a llover. Nos despedimos. Ibamos en direcciones opuestas, quedamos de vernos en México. Yo no estaba segura que así sucedería.
La gente se escapaba de la lluvia entrando a tomar café o cerveza, esperando que la tormenta pasara. Bajé las escaleras del metro para encontrarme con una multitud que había elegido el mismo medio de transporte.
La gente se refugiaba en las cornisas de los edificios, algunos entraban a tomar un café o una cerveza, en espera de que pasara la lluvia. No se veía un sólo taxi desocupado. De mi bolsa saqué un poncho de plástico, del grosor de una bolsa de súper pero transparente, me la puse y comencé a caminar. Me tapaba hasta las rodillas y tenía una gorra que cubría mi pelo. No sabía bien a dónde iba, solo las coordenadas generales.
Las palabras todavía resonaban.
- ¿Por qué nunca tuviste un hijo?
- Supongo que no me decidí a hacerlo sin que Saúl se divorciara, no quería toda la responsabilidad yo sola.
- Tal vez eso habría acelerado la situación.
- No es algo que pudiera hacer, presionar con un embarazo.
Los coches comenzaron a prender las luces, la lluvia mojaba mi cara, mis zapatos estaban ensopados y el agua en la calle iba subiendo por capilaridad por mis pantalones. En algunas esquinas había gente parada y se arrebataban los taxis, en otras había colas para el transporte público. Era viernes, la gente quería llegar a sus casas o a sus cenas o a cualquier actividad a la que iban.
Iba bajando un segundo piso de escaleras cuando escuché que el tren llegaba y se iba. Al llegar a los andenes y ver la cantidad de gente esperando pensé que no sería fácil subirme en el siguiente vagón. Las palabras regresaban.
- Alguna vez pensé que no podías embarazarte, que no había sido una decisión.
- Eso nunca lo sabremos.
Noté un ligero temblor en su voz, sus ojos brillaron sutilmente, pero desvió la mirada hacia sus manos. Había algo que no quería que supiera.
Sólo esperaba que no hubiera adivinado mi secreto. No pude sostener su mirada.
Pasó una mujer embarazada enfrente de mí, me detuve en sus ojos que se cruzaron a penas con los míos. Fue cuando lo supe.
Después de las primeras tres cuadras dejé de buscar un taxi, no tenía idea si había algún metro que me llevara al hotel, preferí seguir caminando, el agua estaba fresca, pero no fría, apenas empezaba el otoño. Sentía que las palabras tomaban una dimensión diferente con esta lluvia. Entonces sonó el celular.
Pensé en alcanzarla, pero no sabía qué camino había tomado. Saqué el celular de la bolsa de la chamarra y no tenía señal. Subí un piso de escaleras corriendo, cuando finalmente oí que entraba la llamada y contestaba Laura.
- ¿Cuántos años tendría?
- ¿Sandra?
- Sí soy yo, ¿es cierto verdad? Estuviste embarazada. ¿Cuántos años tendría?
Hubo un pequeño silencio antes de que contestara con un suspiro.
- Catorce.
- Debiste haberlo tenido. Seguro fue él quien no quiso. Mi papá no debió impedirlo. ¿Sabes?, mi abuela siempre decía que los hijos son de las madres.
- Es más complicado que eso.
- Siempre lo es, pero necesito que me cuentes. Te quiero mucho, nos vemos en México.
- Nos vemos allá.
Había algo que me conectaba a ella, más que su relación con mi papá, más que el contradecir a mi mamá por verla.
Cada paso me hacía sentir más ligera, al contrario de mis pantalones de mezclilla que se iban haciendo más pesados con la humedad que ya llegaba a mis rodillas. La lluvia lavaba la pesadez de los recuerdos. Ahora sabía que la volvería a ver, y si no, siempre tendría la sensación de caminar por las calles de Buenos Aires sin preocuparme por la lluvia.

jueves, noviembre 24, 2005

Pequeñas injusticias

No me gustan las injusticias y siempre que puedo trato de corregirlas.

Tengo presente un día, yo tendría seis o siete años, que mi mamá me contó, o más bien le contó a mi papá y yo escuche, que había ido a Casa Chapa a comprar un regalo para alguna boda. Al estar esperando a que envolvieran el regalo, llegó una señora humilde con un cupón de descuento para comprar una plancha y sus 150 pesos en monedas que había juntado, obviamente con mucho esfuerzo. Eran los sesentas y esa cantidad de dinero era importante para alguien como ella. El empleado de la tienda, sin más, le dijo que ese modelo de plancha se había agotado, y que le diera el cupón porque ya no servía. La señora se agachó un poco y vio su cupón inservible, seguramente sintiendo lo banal que había sido su esfuerzo y la desfortuna de no contar con una plancha eléctrica en su casa. Tal vez también pensó que para cuando hubiera otra oferta ella ya no tendría el dinero, pues siempre hay un mejor uso para éste. Mi mamá se acercó y le pidió el cupón, lo revisó y notó que no tenía fecha de caducidad ni ninguna otra limitante. Le dijo al dependiente que debía darle su plancha a la señora, el muchacho se limitó a decir que ya no había de esas planchas. Mi mamá le preguntó cuándo llegarían más, y él dijo que no sabía, que no sabía si las volverían a tener. Contó, que terminó hablando con el gerente, y consiguió que a la señora le dieran una plancha de otro modelo pero con el mismo precio.

Siempre que recuerdo esta historia sé de dónde viene mi necesidad de corregir estas pequeñas injusticias, aunque creo que nunca he logrado algo como lo que hizo mi mamá ese día.

viernes, noviembre 18, 2005

En una librería

Abro un libro con desgano, un libro cualquiera en una librería cualquiera. La portada no me llama la atención lo suficiente y como quiera lo abro. Lo dejo y sigo a otro libro. Los libros en las mesas son los que más se venden, o los que quieren que se vendan más. Leo los títulos.

¿Qué hago esperando a alguien que me dejó? ¿Para qué lo quiero ver? ¿Por qué acepté verlo? ¿De veras gano algo sabiendo que aún me necesita? Además es absurdo que venga a decir que aún me quiere, no puede utilizar el "aún" porque hubo un tiempo en que no me quiso. Pasaron días y meses que se convirtieron en años en que no supimos el uno del otro. ¿Ahora mágicamente podemos volver? ¿Había una propuesta en su iniciativa de vernos?

Regreso a los estantes, todos los títulos de las mesas me parecen inútiles. Nunca fue puntual. Cuando estuvimos juntos a mí no me gustaba llegar tarde, no quería desperdiciar un sólo segundo del tiempo que pudiéramos estar juntos. A él yo creo que a veces no le importaba, porque se entretenía en cosas superfluas. El decía que a él no le importaba esperarme, claro que rara vez lo hizo.

¿Habrá algo que platicar con él? El paso del tiempo ha ido borrando los recuerdos, buenos y malos. Al principio era doloroso recordar, las cosas buenas porque ya no lo tenía, las malas porque me confirmaba que ya no debíamos estar juntos. Durante meses hubiera querido que me borraran todos los recuerdos como en "Eternal Sunshine of the Spotless Mind", pero me daba miedo pensar en lo que pasaría con los recuerdos asociados a los recuerdos de él. Fueron muchos años juntos, no podía deshacerme de tanta vida. Lo consideraba como si realmente pudiera suceder, además pensando en el final de la película en que se reencuentran, pensé que era mejor acordarme, para no volverlo a amar.

Los recuerdos diurnos se fueron extinguiendo, pero él comenzó a aparecer insistentemente en mis sueños para hacerme enojar. Siempre le reprochaba una cosa o le recriminaba otra. Amanecía enojada, con la misma sensación de tantas veces de que no me escuchaba y me mentía. Luego quedó un nombre hueco, sin contenido y al final, acabé por olvidar su nombre, ya no era parte de mi vocabulario.

Hoy cuando oí su voz, me llegó una masa amorfa de recuerdos. Era una bola de colores. Tomé una punta tratando de desenmarañarla, como lo hice tantas veces con estambres, pero tomaba uno que empezaba con risas verdes y se convertía en llanto rojo. Tomaba otra punta negra en que caminábamos por un puerto de noche y se convertía en un sol amarillo cegador. No había continuidad, no lograba armar un sólo recuerdo. Dejé de intentarlo. Lo mismo debo hacer con la idea de verlo. Durante meses deseé que me pidiera volver, luego fantaseé que me dijera que le dolía mucho no tenerme y poderle decir que era demasiado tarde. Acepté verlo por sentir que yo ganaba.

Veo mi reloj y me apuro a la puerta, me da gusto que no sea puntual. Camino en dirección contraria de donde me imagino vendrá. Navego con el viento a mi espalda, las velas se hinchan de aire y tomo una velocidad deliciosa.

sábado, noviembre 12, 2005

De mañana otra vez

Diario despierto pensando que el café ya está listo. Salgo de ese sueño entrecortado y ligero en el que duermo sin descanso para encontrarme que no hay nada en el ambiente de ese olor en que se envolvía la casa por las mañanas.

Por lo general mi marido se levantaba primero, recogía el periódico, y ponía el café. Desde la cama, en la que aún se sentía su calor, me llegaba el olor que me decía que me esperaba en la cocina con el café caliente y el periódico sobre la mesa.

Había días en que yo no podía dormir y estaba pendiente de la llegada de la moto y el sonido del periódico al caer en la terraza. En ese momento me levantaba. Esos días era yo la que esperaba a en la cocina.

- ¡Ah qué mi Gordis!, otra vez no pudiste dormir. ¿Todavía hay café? -me preguntaba al entrar.
- Sí Flaco, acabo de poner una segunda jarra. –El siempre se levantaba a la misma hora, que coincidía con una segunda puesta.

Diario, en el instante en que despierto busco el olor del café y al estirar mi pierna encuentro frío el otro lado de la cama. No tengo ganas de levantarme a encontrar la cocina vacía.

En recuerdo de mi tío Raúl, a un año de su muerte.